Maita a ti te debo mucho de lo que soy…

En el justo momento que tocaba inscribirme Maita me pidió que le comprara unas galletas en la cantina, lo que me obligó a salir de la oficina de la dirección que quedaba en la entrada del liceo. La cantina estaba ubicada al final del pasillo de la izquierda. Al regresar, ella me estaba esperando fuera de la dirección, con una sonrisa que escondía su picardía.  –Ya estas inscrito- me dijo, tomo las galletas, me puso la mano en la cabeza y me invitó a regresar a casa. Días después, cuando estoy parado frente a la cartelera del liceo, tomando notas sobre el horario de clase, es cuando entiendo porque aquella sonrisa. Maita me había inscrito para cursar de nuevo el primer año de educación básica con todas las materias. Ese año el Ministerio de Educación había cambiado el Sistema Educativo obligando a todo aquel que reprobara dos materias repetir el mismo año. A ella no le parecía que yo debía ver únicamente castellano y geografía, ya que iba a tener mucho tiempo libre y eso no era prudente para un adolescente flojo como yo.

Esta es una de las tantas anécdotas que pudiese yo contar de Paulina Rosa, mi madre, quien hoy cumple 84 años. Ella dulce y tierna o amarga y dura cuando le da la gana; pero una excelente madre, hermana, hija, sobre todo mujer. Con ella aprendí a querer la vida. Con ella aprendí a apreciar las cosas. De ella mi vena artística. Sí, recuerdo cuando me invitaba a que estudiara dibujo y pintura en la Escuela de Artes Plásticas Tito Salas, la cual quedaba en calle Carabobo, cruce con calle Victoria. Tenía yo como diez u once años.  Me atrevo a decir que Maita es una gran artista, una creadora consumada. Si no que lo digan sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, tantos naturales como postizos que son muchos, sí que son muchos. Ellos no podrán negar el arte que pone en sus comidas, siempre nos sorprende. O en sus tejidos y bordados, mejor dicho en todo lo que en sus manos cae. Recuerdo cuando hiso aquel curso de floristería con hojas secas y materiales reciclados. Ella toda es un arte, que decir de su forma de vestir. Maita me enseñó a valorar los estudios y a alcanzar mis metas. Sin saberlo fue ella quien me motivo a ser bachiller, y luego Técnico en Construcción Naval.  Por ella estudie y me gradué de Comunicador Social. Quizás, también, por ella soy periodista. Y si a alguien tienen que culpar por yo ser socialista es a ella. Sí a ella, que siempre ha tenido algo que compartir con los demás. En mi casa todo el tiempo ha habido comida para un primo hermano, incluso en las peores épocas como esta que estamos viviendo. Así como una cama para un visitante que llegue de cualquier lado y en cualquier momento. Ah y que se quede el tiempo que le parezca. Sino pregúntenselo a tantos tíos, sobrinos, hermanos y otros a quienes no nos une la sangre, pero si los lazos de la amistad y el amor de Paulina del Carmen Rosas.

Maita a sus 84 años, a pesar de no querer demostrarlo, aún conserva su fortaleza para enfrentar la vida y no dejarse vencer nunca. En cada arruga de su cara están dibujados los tristes días y las amargas noches que pasaron en cada uno de los pueblos que rodo junto a Paito en busca de un lugar donde sus hijos pudiésemos labrarnos un mejor futuro. Son pocas las veces que recuerdo verla triste, aun en sus días de enfermedad, que últimamente son muchos. Siempre se levanta por más mal que se sienta y saca fuerzas de no sé dónde para ir a la cocina a preparar una comida, aunque ella no coma. El duro carácter que muestra no es más que una careta para esconder la ternura que lleva por dentro y que  aunque quiera negarlo siempre brota en cada acción, sino que lo diga las tantas amigas que tiene, bien sea sus vecinas, compañeras de trabajo del Asilo de Anciano y del Ambulatorio Otaola Rugeri, así como sus clientes eternas a quienes le vendió los productos Avon por más de cuarenta años.

Paulina del Carmen Rosas a ti te debo mucho de lo que soy. Doy gracias, todos los días, a Dios por haberme permitido ser parte de tu familia, más aún por ser tu vejez o el último de tus hijos. Aunque no te lo demuestro en cada instante, tal vez porque soy como tu, te quiero mucho.

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